En el artículo de opinión de este mes, Alfonso Callejero reflexiona sobre un rasgo cultural que «nos diferenciara» a los ciudadanos locales y a los temporeros
Nunca pensé que un rasgo cultural que nos diferenciara entre locales y temporeros se mediría por algo tan trivial como jugar al fútbol en la calle o colgar unas sábanas al sol. Pero aquí estamos, con el debate desviado hacia la estética del tendedero y el bullicio infantil, mientras lo realmente urgente se oculta del verdadero debate.
Recuerdo de mis clases de Antropología los numerosos debates que suscitaba el tema de la identidad. El arraigo que supone tener unos valores (que damos por hecho que son) eternos y que nunca han cambiado. Como estos (deseamos que) nos definan, nos etiqueten, nos igualen al resto de “los nuestros” y hace que, ¿el resto de personas que vengan a mi casa los deban asumir en su totalidad como suyos para considerar que podemos integrarlos?
Así, al albur de lo que explicaba la alcaldía en la radio esta semana atrás, los principales problemas de convivencia que tenemos en Fraga en esta temporada de la fruta son los niños jugando en la calle y que no nos guste cómo tiende el vecino la colada en el balcón.
Hace unos meses reflexionaba como los balcones de mi barrio no hablaban de banderas, sino de sueños truncados o emergentes y de solidaridad vecinal. Y que a ningún vecino nos molestaba el mono del taller, la ropa del fútbol de su hija, ni mis trajes del centro de salud.
Por eso en esta tesitura, poner el foco en estos grandes asuntos me produce cierta sorpresa, porque la alcaldía obvia algunos otros que deberían ser de su reflexión y acción política. Los cuales, sí nos catalogan como una sociedad con ciertos valores cívicos, morales y solidarios (o no) si amparamos que haya personas a las 7:30 de la mañana mendigando una peonada (previsiblemente mal pagada y en cuestionables condiciones) para ese día. Que a pocos metros se apilen cartones que burdamente tapan varias bolsas que resumen una vida de migración y trabajo. Mientras por la noche se despliegan en un indigno, triste e ignominioso (para nosotros) campamento que desnuda el verdadero significado que le damos a las palabras convivencia e integración.
Recuerdo mis tardes infantiles entre los deberes y la merienda y muchas de ellas, transcurren en la plaza de mi barrio, jugando al fútbol, en su mayoría. Así, bajo la tesis esgrimida por la alcaldía, ¿mis padres habrían tenido que acudir a charlas formativas para integrarse en la comunidad, por mi entusiasmo en pegar patadas a un balón en la plaza? O será que mientras hablamos de los niños que juegan a la pelota en una calle, no hablamos de los pisos pateras que sabemos que pueblan la ciudad, en condiciones indignas, sin luz, ni agua y en cuestionables condiciones de salubridad o seguridad, atestados de literas y a precios desorbitados para el escuálido techo que ofrecen. Además, será que mientras debatimos sobre las sábanas o toallas que cuelgan en las barandillas del Paseo de la Constitución, no nos preguntamos por qué seres humanos han de dormir meses y meses al raso de ese frío y duro suelo, porque no tienen un lugar donde guarecerse y tener una vivienda digna los meses que trabajan para nosotros.
Tal vez, como decía al principio, no sea una cuestión identitaria y de integración social, meramente, si no, en gran medida, una cuestión de derechos humanos y laborales las soluciones que necesitamos para solventar los grandes problemas que tenemos verano tras verano y que preferimos ocultar detrás de la pelota y la toalla tendida en una barandilla.